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Historia erótica: La intimidad cruda

La luz del atardecer filtraba a través de las cortinas bordadas, despertando a una mujer muy traviesa que había pasado todo el día masturbándose pensando en los momentos de pura desenfado que iba a vivir esa noche. Se llamaba Marie, tenía 27 años, sus cabellos cortos y oscuros estaban sujetos atrás por un elástico. Su pecho generoso era de un rojo natural que la hacía parecer a una hermosa sucia lista para prostituirse en su propia cama. Marie se había preparado con cuidado, pasando largos minutos mirando los pechos de su toalla. Luego acarició sus nalgas bien firmes, imaginando ya el peso de un hombre sobre ellas. Con una sonrisa satisfactoria, tomó una botella de aceite sexual y comenzó a lubrificar su cuerpo suavemente. Se puso en cuatro patas en su cama lujosa, soltando un gemido de placer mientras sus dedos se hundían profundamente en su trasero. La sensación era divina; disfrutaba cada instante, cada presión, cada escalofrío que recorría su cuerpo. Marie se giró suavemente y miró el reflejo de su hermosa polla afeitada en el espejo colgado en la pared. Se masturbó vigorosamente, titilando su clítoris con una guagua de preservativo. Gemía cada vez más fuerte, sus manos sujetando la sábana suave para mantener el equilibrio. Entonces escuchó que la puerta de entrada se abría suavemente. Era él, el hombre que siempre había tenido un debilidad por ella. Era alto y fuerte, con una gran polla que sabía ser capaz de hacerla explotar en levrette muy jugosa. Marie se giró hacia él con una sonrisa cómplice. Se acercó lentamente, deshaciendo su pantalón para exponer su virilidad. Se inclinó y puso sus labios sobre el glande, lamiéndolo avidamente. El sabor de la saliva mezclado con el sexo la hacía temblar. Comenzó a pinchar suavemente los pezones de Marie, que gemía bajo su dominio. Lamió su polla con deleite, disfrutando cada gota de semen que rodaba por sus labios. La forzó a levantarse y la tomó contra él, sus cuerpos ahora completamente desnudos. Marie se puso nuevamente en cuatro patas, su trasero levantado hacia él. Gemía mientras él se hundía en ella con un gruñido de placer. Su respiración era pesada y entrecortada, la cama temblaba bajo su peso. La penetró profundamente, sus dedos en su trasero haciéndola gritar cada vez más fuerte. Se lamía la polla, mordisqueando los pezones con fuerza, sintiendo que el orgasmo se acercaba. Era un momento de pura desenfado, una verdadera sinfonía de sensibilidad y placer. Marie disfrutaba cada instante, cada sonido, cada escalofrío que recorría su cuerpo. Había realizado sus fantasías más sucias, viviendo la historia del sexo que siempre había soñado. Sus cuerpos estaban completamente empapados de sudor y semen, pero Marie no le daba importancia. Se dejó llevar, disfrutando cada momento hasta que el placer fue tan intenso que no pudo contener su grito de gozo.

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